Con lo puesto y media historia a la espalda. Aquí nadie pregunta de dónde vienes. Preguntan qué sabes hacer.
La ciudad se lee en vertical. Arriba, las colinas: la luz, el aire limpio, los que decidieron por ti. Abajo, el puerto: el óxido, el turno de noche, tu casa. Nadie ha subido nunca andando.
Hubo un tiempo en que aquí había trabajo para todos. Las gradas no paraban. Luego los dueños hicieron cuentas, cerraron las puertas y se marcharon con ellas. Dejaron el óxido. Nos dejaron dentro.
Nos prometieron el mar. Nos dieron la resaca.
Aquí un hombre no vale por lo que tiene, sino por lo que hace. Hay dos maneras de ganarse el pan en el puerto. La legal, a plena luz, con el nombre en la nómina. La otra, entre firmas, donde no se firma nada. Las dos ensucian las manos igual.
Firmas que se reparten el muelle metro a metro. Un sindicato que aún aguanta la línea. Una prensa que anota los nombres. Una policía que siempre llega tarde. Lo legal y lo que no se rozan en la misma barra, y nadie mira el reloj.
La tregua entre firmas se ha roto esta madrugada. Los de arriba han bajado a por los muelles. El reparto empieza otra vez, desde cero. Por una vez, llegas a tiempo.
No es para todos, y no pasa nada. Si has bajado leyendo hasta aquí, quizá seas de los nuestros. La puerta está abierta. Preséntate y cuéntanos qué sabes hacer.
Cruza la puerta